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El picaro comercio fraudulento.-

En todas las actividades económicas existen personas serias y otras aventureras porque el Estado, con su ansia de recaudar impuestos, permite que cualquier indeseable sin seriedad comercial, desarrolle cualquier actividad económica y con la tan cacareada expresión de la competitividad que al parecer nadie sabe lo que es realmente y muchos tergiversan, enraízan y crecen toda clase de malas hierbas.
Es vergonzoso ver por la televisión al mismísimo Director General Jefe del Servicio de Calidad Alimentaria en su poltrona del despacho con cara de circunstancia y si saber ni enterarse de lo que pasa en la calle porque su propio Servicio de Control está almorzando y no cumpliendo su supuesto cometido y por otro lado a la Policía Local extralimitándose ilegalmente en sus competencias o funciones.
No podemos culpar a toda la clase comercial por el hecho de que existan unos pocos informales y desaprensivos que amparándose en la ignorancia del consumidor se aprovechen para lucrarse, en este caso, el culpable también es fundamentalmente el consumidor que se deja engañar cuando adquiere productos incomprensiblemente de oferta y a precios extrañamente reducidos favoreciendo a los malos comerciantes con su compra.

El registro del nombre de la marca.-

Generalmente se da excesiva importancia al nombre de la marca de un producto y eso ocurre especialmente cuando el producto asociado no tiene alguna cualidad.
La marca y su registro es una forma de pagar impuestos que con la excusa de protección, te autoobligas a pagar los derechos de patente. Con ello, nadie más que tu puede usar el nombre para la clase de artículo que referencia y se supone que cuando te sientes perjudicado por un fraudulento comerciante, puedes acceder a los tribunales para ventilar discrepancias.
Antiguamente, cuando existía similitud fonética, se podía ejercer el derecho de oposición pero actualmente, con el proliferado uso del Internet, con solo cambiar una sola letra el registro queda autorizado.
El nombre de la marca representa solamente la forma de identificar, al igual que el nombre elegido por nuestros padres y asignado cuando nacemos. Mi abuelo Julián Segarra Ferreres registró la marca SEGARRA, mi padre Julián Segarra Ortí registró la marca GRAN MAESTRE y ¡qué!, lo importante es que estas marcas representan los mejores licores que se pueden elaborar en todo el mundo, si algún otro destilador fuese capaz de mejorarlos, la marca registrada no sirve para nada más que engañar al iluso.