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La cultura de un pueblo del Maestrazgo.-

Estos días hay mucha actividad en el patio de las escuelas, están cambiando las vallas delimitadoras de propiedad y como quiera que antes del edificio escolar estaba construida la destilería de Julián Segarra de Chert, la pared de este edificio particular, siempre ajeno a cualquier obra pública, goza del privilegio de vecindario.
Cuando ingresé por primera vez en la escuela, el recinto escolar estaba tapiado con una pared de mortero y piedras de unos dos metros de altura, salvo por la fachada principal que era menos alta porque encima se añadió una reja sujetada con columnas de ladrillos que aún se conserva y permite ver su bonita fachada. La tapia, tenía colocada unos postes de hierro macizo en L de un metro aproximadamente y aunque en el proyecto original se supone debería ir equipado con cuatro alambres de espino, nunca hizo falta el colocarlos.
Existen muchos parámetros para medir la cultura de un pueblo y a bote pronto, el más representativo por su inmediata visibilidad, es la altura de los postes anclados en la cerca del recinto instructivo más representativo. La cultura de Chert debe ser muy alta a juzgar por el vallado de dos metros de altura encima de una pared de dos metros. Ahora, con sus cuatro metros de altura, ya no se nos va a escapar el saber.

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La pared de piedra en seco.-

La agreste y montañosa geografía de las tierras del Maestrazgo, ha obligado al transcurso de los años a activar la imaginación de sus moradores y la forma de poder cultivar alguna planta para su subsistencia, fue la construcción de paredes de piedras alineadas formando los típicos bancales.
Son paredes de piedra en seco aquellas construidas tradicionalmente con la utilización únicamente de piedras de diferentes tamaños del lugar de la construcción, sin ningún tipo de mortero para fijarlas pero aprovechándose de otras piedras más pequeñas para nivelar a las más grandes, calzándose, inmovilizándose y ensamblándose convenientemente por su propio peso y tamaño.
Su utilización ha sido debida principalmente a la necesidad de sujetar la tierra de labranza para retener la escasa tierra que la lluvia torrencial arrastraba hacia las ramblas, separar los campos, los caminos y muy especialmente las propiedades de sus límites territoriales aunque en la actualidad, con el abandono progresivo de la agricultura por su escaso rendimiento económico, el interés es prácticamente nulo y solo sirven como atractivo turístico.