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Los constructores, un colectivo incivico.-

En las relaciones humanas, aunque es bien sabido que entre todos nos ayudamos y entre todos nos molestamos, debemos tener siempre presente la voluntad de intentar perjudicar lo menos posible a nuestros vecinos que nos favorecen con su ayuda cuando la necesitamos, si pretendemos una buena convivencia cívica.
Hoy que la construcción precisa de toda clase de tecnología para su desarrollo, en las calles de los pueblos y ciudades no se puede instalar tanta parafernalia bloqueando el acceso y libre tránsito que nada tiene que ver con dificultar el paso a los demás usuarios de la vía pública, si lo entorpecemos hasta el límite de imposibilitarlo.
Es sabido que al edificar se pagan unas licencias de obra por ocupación de vía pública, pero la licencia gubernativa ¿es por ocupar la calle o por bloquearla?. Pues si la licencia ampara el abuso de llegar a perturbar o cerrar actividades económicas, ahí es en donde debería intervenir la irresponsable autoridad competente y poner las medidas correctoras a quienes desvergonzadamente hacen un uso inadecuado de las ordenanzas reguladoras.

La venta del jabonero.-

A principios del siglo XX estaba regentada por sus propietarios la familia Royo. El matrimonio tenía tres hijos y una hija. Por la escasez de recursos económicos del lugar y por la relación comercial con mi abuelo, Julián Segarra Ferreres aconsejó al Sr. Royo que enviase a uno de su hijos a aprender en un comercio y Manuel, fue de dependiente a un establecimiento de Morella. Al paso del tiempo, Gabriel también se acercó a Morella para estudiar en las Escuelas Pías y con la intención de cursar estudios de magisterio para hacerse maestro, marchó a Zaragoza. En la calle Bogiero ¿108?, subiendo a mano derecha, en donde se estrecha la calle, había un tienda de galletas en venta y llamó a su hermano Manuel para comprarla. Manuel atendía el establecimiento mientras Gabriel visitaba clientes y entre los dos montaron el negocio de GALLETAS ROYO. El Sr. Gabriel se casó de mayor y tuvo un hijo que estudió medicina.
Al paso de los años, se incorporó al negocio el hermano Juan, comprando un local en la calle Navarra y construyendo un horno de fabricación en continuo en el que por un lado entraban las galletas en pasta y por el otro extremo salían cocidas. Es anecdótico mencionar que les alquilaron una iglesia y la utilizaban como almacén.
Con escaso tiempo, se acercó a Zaragoza su hermana, cuñado y los dos hijos ya mayores, comprando una finca agrícola y dedicándose a esta otra actividad, con lo que la Venta del Jabonero cerró sus puestas al público definitivamente.