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Monsieur Pernilod de Scherwiller, Alsace.-

Con tanta fecha de caducidad y de consumo preferente, se me está olvidando que existen alimentos que no se pueden conservar y si se consumen preferentemente, es por ser demasiado buenos para conservarse. No se lo que pasa que, cuando te das cuenta, si no fuese porque lo estás viendo, se diría que se lo comen unos pillines ratoncetes.
Podía haber ocurrido en el vecino pueblo de Canet lo Roig, en el de Vallibona o en Rosell, pero siempre que pasa algo interesante, es en lejanas tierras porque, la mente humana, es así de incomprensible, de tal suerte que en España los regalos a los niños los traen los Reyes Magos de Oriente en camello, en Oriente, el Papá Noel con unos renos y en los Países Bálticos, San Nicolás en una barca llamada España.
Pues bien, hace muchos años (no podía ser de otra manera), en el bonito pueblo de Scherwiller (villa de Chert), situado en la région de Alsace, en los Alpes franceses, vivía un docteur llamado Pernilod que hacía una promenade por las montañas del otro lado de los Alpes (para situarlo más lejos), un día observó a unos cerdos que también habían ido de excursión a tomar el fresco por aquellas montañas, como lamían unas rocas acristaladas, por lo que se le ocurrió acercarse para probarlas, notándolas saladas a su paladar. Cuando vino la fiesta de la matanza del cerdo antes de San Antonio, como los vecinos de su pueblo le regalaban muchos presentes para agasajarlo y no podía comerse tanta carne, se le ocurrió coger unas piedras de la montaña y guardarla como hacen los perros con los los huesos para ir consumiéndola poco a poco y al paso del tiempo, observó que se secaba y se hacía más sabrosa, por eso al jamón, en la lengua valenciana le llamamos pernil y cuando el pernil en muy grande, le decimos pernilot por degeneración pero en honor, a monsieur docteur Pernilod.
¡¡¡ Con tan buen invento, a nadie se le ha ocurrido hacerle un monumento !!!.
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Las Galletas Royo.-

Fue una de las vistas mas emocionantes de mi vida y de la que guardo el gratísimo recuerdo de los que nunca se olvidan. En Zaragoza, visitamos entre otras cosas a los dueños del establecimiento GALLETAS ROYO, pero todo en castellano, allí había que hablar con la lengua traductora.
La pasta de las galletas estaba en un cajón y una cuchilla las cortaba en finas láminas que unidas a las obleas se hacían las galletas. En una sierra parecida a las que en Chert usan los carpinteros para cortar la madera, estaban cortando las galletas en plan salvaje o industrial, junto a la máquina, los recortes sobrantes caían dentro de una caja preparada al efecto y las galletas viena eran cuidadosamente amontonadas en otra.
El Sr. Royo, mientras hablaba con mi padre, me invitó a degustar los trozos sobrantes de los que había cortado la máquina. Evidentemente no me lo pensé dos veces, la vergüenza me la había dejado en el pueblo y me puse de recortes de galleta Royo como un pavo. Nunca en mi vida había comido tanta galleta, tan rica y tan sabrosa. Cuando ya no quise comer más galleta, el Sr. Royo me sonrió pícaramente y tomando una caja del estante, me la regaló para mi madre que, al llegar a casa, nos la comimos entre toda la familia durante unos días.